viernes, 18 de septiembre de 2009

APRENDAMOS A PARTIR EL PAN

Este discurso lo pronuncié hace 31 años, el el Luna Park de la ciudad de Buenos Aires, en una Conferencia Regional, con la presencia del Presidente Spencer W. Kimbal, en el mes de octubre de 1978.


Queridos hermanos y amigos, al estar junto a nuestro amado profeta, no puedo menos que recordar las palabras registradas en Amós:

"Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas." (Amos 3: 7)

al estudiar la vida y las obras de los profetas en todo tiempo, advertimos que el Señor nunca llamó a tímidos o indecisos, sino a hombres fuertes; humildes, pero decididos y con gran fortaleza espiritual. Sus palabras siempre fueron desafiantes y concretas: "levantaos y brillad", "id y predicad el evangelio". Pero siempre estaban acompañadas de promesas estimulantes: "si estáis preparados, no temeréis" y "gozaos y alegraos".

Para dirigir Su reino en esta época, el señor ha elegido al presidente Spencer W. Kimball, quien revela Su voluntad, no sólo a los miembros de la Iglesia, sino a toda la humanidad, por precepto y mediante su vida ejemplar. Por eso frecuentemente cantamos con mucho regocijo: "Te damos, Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir, profetas con tu evangelio, guiándonos cómo vivir".

Este año es muy especial para nosotros, los argentinos, ya que recordamos el bicentenario del nacimiento del general don José de San Martín, reconocido no sólo como libertador de nuestra patria, sino también de las naciones hermanas de Chile y Perú. Sus virtudes y desinterés por la gloria de los hombres, demuestran su amor a Dios y su confianza en que el potencial divino del hombre sólo iba a realizarse en un clima de libertad y justicia. En una ocasión declaró: "Serás lo que debas ser y si no, no serás nada". Creemos que la liberación política de nuestro pueblo favoreció y preparó el camino para la dedicación de las tierras sudamericanas en Buenos Aires, en el año 1925, a fin de iniciar luego la predicación del Evangelio restaurado de Jesucristo.

En un mundo envuelto en crisis que comprometen la paz, no sólo la paz en términos de guerra sino la paz espiritual, conviene recordar las advertencias que hizo el presidente Kimball en un mensaje dirigido al mundo en octubre de 1945, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando dijo:

"La paz es posible ¿pero cuál es su precio? Los esfuerzos de las conferencias para obtener la paz y las oraciones de la doliente humanidad, tal vez traigan un armisticio que tenga cierto tiempo de duración pero la paz total y permanente, vendrá únicamente cuando los hombres se arrepientan y se vuelvan al Señor". En una palabra, el sendero o el cimiento de la paz, es la rectitud.

Al leer los hermosos poemas de Homero, siempre me resultó interesante saber cómo fue reconocido Ulises por su fiel esposa Penélope y su pueblo. Al regresar después de veinte años de ausencia, encontró que habían preparado un arco de hierro labrado que cada posible sucesor debía doblar, antes de ser admitido como heredero del trono; pero ninguno de los postulantes tuvo fuerzas suficientes; sólo Ulises pudo hacerlo sin mayor esfuerzo, a pesar de presentarse con la apariencia de un mendigo, y por ese hecho fue inmediatamente reconocido, venció en el certamen y con el mismo arco dio muerte a los atrevidos pretendientes de su esposa.

Pasemos ahora a los cálidos relatos del Evangelio. Luego de la crucifixión, dos discípulos de Cristo se dirigían muy apesadumbrados hacia la aldea de Emaús, cerca de Jerusalén, cuando Jesús, ya resucitado, se les apareció por el camino. Seguros de su muerte, no lo identificaron y cuando llegaron por fin a su destino lo invitaron a cenar.

"Y aconteció", dice la escritura, "que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio.

Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron." (Lucas 24: 30-31).

Si Ulises se reveló al doblar el arco, Jesús era reconocido en la manera de partir el pan. El pan es aceptado universalmente como una substancia que alimenta, que sustenta la vida. Cristo mismo cuando nos enseñó a orar, le pidió al Padre que siempre nos diera el pan de cada día. Tender el arco es un acto de fuerza y un elemento de lucha y guerra; partir el pan es un acto generoso, que alimenta, que se comparte; es prodigar vida y bienestar, mediante el grano dorado de trigo.

En la actualidad, mientras muchos hombres y naciones están más dispuestos a prepararse para la guerra que a vivir en paz, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días alza su voz a las naciones de la tierra, para declarar que no sólo es posible, sino urgente, que todos aprendamos a partir el pan.

Hermanos, como miembros de la Iglesia asumamos el compromiso de ser testigos al mundo de que sólo vivir rectamente traerá la verdadera seguridad y estabilidad a los pueblos. Por lo tanto, la mejor contribución que podemos hacer es una actitud adecuada y justa, y firmes convicciones que contrarresten la maldad y la indecencia.

Quiero dejar mi testimonio de que la verdad prevalecerá, que ésta no es sólo la expresión de un deseo, sino una firme convicción espiritual. En el nombre de Jesucristo. Amén.

sábado, 5 de septiembre de 2009

RECUERDOS DE MI INFANCIA (ÚLTIMA PARTE)

Cuatro Jóvenes Extranjeros
Así vivíamos, cuando el 6 de octubre de 1937, se mudaron al barrio cuatro muchachos altos, rubios y bien vestidos, que usaban sombrero cuando salían y tenían un fuerte acento extranjero. Alquilaron la casa de la esquina de las calles 67 Nº 1349 esquina 22, justo frente a nuestro negocio. Venían de una propiedad que habían alquilado el 9 de enero de 1937, en la calle 62 Nº 938 (e) 13 y 14. En realidad, los misioneros habían llegado a la ciudad el 28 de diciembre de 1936 por unos pocos días se alojaron en un hotel.
Nuestra relación con ellos fue a través del negocio. Eran muy buenos clientes. Compraban muchos lácteos (leche y quesos), pan, miel, fideos y kerosene para las estufas y el “calentador”, que usaban como cocina. También consumían mucha fruta, nueces y sobre todo, chocolate.
Los vecinos estaban intrigados: “¿De dónde vendrán y cuáles serán sus intensiones?”, preguntaban. Cuando los veían por la calle, los chicos avisaban: “Allá vienen los rusos”, seguramente porque eran rubios. Otros, más atrevidos y tal vez incitados por adultos, les gritaban “haga patria, mate a un ruso” y algunos hasta le arrojaban piedras…Pero poco a poco esa hostilidad inicial fue cediendo. La actitud cordial de los muchachos, que jamás contestaban los agravios e insultos, fue ganando la confianza de los chicos del barrio y a las pocas semanas, después de blanquear las paredes interiores, abrieron el local y comenzaron las reuniones. Ya no les llamaban “rusos” sino “místers”, porque habían descubierto que eran “norteamericanos”. Y cuando empezamos a asistir a las reuniones ya eran “hermanos”. En verdad, nos enseñaban que todos éramos hermanos…
En el mes de marzo de 1938, comenzó formalmente la “Primaria” para varones exclusivamente. A las pocas semanas me nombraron secretario. Llevaba las actas y pasaba lista, ayudado por mi hermano Rolf, quien era “el presidente”.
Todavía conservo como un verdadero tesoro histórico, el cuaderno. Teníamos 19 inscriptos y con asistencia más regular estaban mi hermano Rolf Valter Salvioli (Pichón), Ricardo Pache, Nelo Nucilli, Clovi Darré, Omar Gaite, el “Negro” Pache, Salvador “Pichi” Pache, Eduardo Arenilla, Cacho Martino, “el mono”, Salvador Demarco, Carrasco, José Gaite, Omar Puchi, Felipe Stornelli, “Coco” Bertarini, “Chiche” García y yo. Unos meses más tarde, comenzaron a asistir Roy y Ronald Mazzuchi, nietos de George Taylor y su esposa, el primer matrimonio investigador.
Él estaba jubilado y había sido contratado desde Inglaterra, para ser uno de los primeros maquinistas” del ferrocarril Sud. Eran personas adorables y los “hermanos”, por razones de idioma, se sentían muy cómodos y pasaban mucho tiempo con ellos.
Los comienzos fueron muy modestos pero ya funcionaba la “Rama” de La Plata. Un nombre extraño para entonces, se puede decir que fue a través de los niños de la Primaria que se introdujo el mensaje del Evangelio Restaurado de Jesucristo en la ciudad. Como referencia menciono que sólo a tres cuadras de allí, funcionaba el Seminario Mayor San José de la Iglesia Católica, que ocupaba todo una manzana. Los jóvenes ingresaban como seminaristas y egresaban como sacerdotes.
Para ese tiempo, ya se habían renovado los primeros cuatro misioneros mencionados en el prólogo. Ahora teníamos que aprender otros apellidos difíciles para nosotros, como Nelson (Morris E.), Fenn (Karl R.), Allen (Ben R.), McBride (Richard J.), Smith (Jesse Ben), Beus (James), Standing (Robert), Madsen, Reed, etc. La mayoría venían del oeste de los EE.UU. de Norteamérica: Utah, Arizona y Wyoming, con origen vaquero (cowboys). Por eso, además de enseñarnos religión, nos mostraban algunas técnicas de su tierra, como la de manejar la soga, enlazar, etc. Con el tiempo yo fui un experto y hasta me vestían de cowboy…

El 1 de julio de 1938, tuvimos la primera reunión de la Primaria registrada en el “Libro de Actas”:
“Al Nelo y Negro los lavaron porque vinieron con la cara sucia…”, dice en uno de sus párrafos.
Algunas veces, no sólo los lavaban sino que los bañaban, antes de la reunión. Para ello, los “hermanos” habían perforado un caño de zinc conectado a una manguera o directamente metían a los chicos en la pileta de lavar la ropa, para estar en mejores condiciones de cantar:
“Cristo El quiere que brille; que brille para El; Siéndome siempre humilde, Y siempre siendo fiel. Que brille, que brille; Cristo Él quiere que brille; Que brille, que brille, Yo brillaré para Él”.

El “Acta” de la reunión siguiente (15 de julio), dice textualmente:
“El maestro fue Allen, la primera oración fue por el hermano Lito y la segunda oración por el hermano Hugo. Cantamos. Después de cantar comimos manices, después de comer muchos manices fuimos a hacer ejercicios porque binieron unos chicos trabiesos y empezaron a jugar.”
Acta del día 22 de julio de 1938:
“El maestro fue entre el hermano Allen y el hermano Aodolfo2. La primera oración fue por el hermano Hugo. El hermano Allen tenía unas lecciones muy lindas, participaban el hermano Lito y el hermano Gaite. La segunda oración por el hermano Gaite. El hermano Allen tenía una caja de chicles y los repartió entre los chicos y después de masticar bien los chicles, cantamos”.
Acta del día 29 de agosto de 1938:
“Los maestros eran el hermano MacBride y Duke y el hermano Lloyd no sabe hablar bastante bien pero los chicos le entendían. Cantamos unas canciones muy lindas por el hermano Pichi. Después de decir la oración pidieron los chicos que toque algo con la armónica y cantó “tipitin tin tin” y después cantó otra que se llamaba “ayá en el rancho grande” y los chicos lo acompañaban. Después de cantar, la última oración por el hermano Hugo”.

Acta del día 4 de setiembre de 1938:
“Los maestros fueron Nelson y Lloyd y después yegaron los hermanos Duke y el hermano Mac-
Bride que fueron a comprar los guantes. Cantamos en la página 106 (“Jesús es Mi Luz”) la primera oración por el hermano Cacho después cantamos otra canción muy linda que se encuentra en la página 105. El hermano Nelson dijo a los chicos, bueno bamos a pintar un pajarito y nosotros enseguida dimos vuelta los bancos y pintamos, después de pintar fuimos a “vocciar” con los guantes, después de “vocciar” mucho nos despedimos y los chicos salieron muy alegres de “vocciar” tanto estaban cansados.”3
Siempre recuerdo el día que el hermano Fenn (Karl R.) y su compañero, trajeron en el tren desde Buenos Aires, un armonio a pedal. Fue todo un acontecimiento. Ahora podíamos cantar acompañados con música, y poco tiempo después, también se organizaron algunos conjuntos corales. La mayoría de los “hermanos” sabía tocar el armonio y otros instrumentos, tales como el violín, la trompeta, guitarra, etc. En ese tiempo yo empecé a practicar con la armónica…
Pocas semanas después, comenzaron las reuniones dominicales: La Escuela Dominical por la mañana y la Reunión Sacramental por la tarde. Los “hermanos” dirigían todo pero daban alguna participación y enseñaban cómo hacerlo a los mayores del grupo, como Rodolfo y mi hermano Rolf. Además de la Biblia, tenían “El Libro de Mormón” (Edición 1929) y “Revelaciones de los Ultimos Días”, de tapa azul, con algunas de las revelaciones que había recibido el Profeta José Smith. Para cantar teníamos un pequeño himnario mimeografiado con sesenta (60) himnos seleccionados de “Deseret Songs”, con la letra solamente. Cuando los misioneros llegaban o cuando se los transfería a otro lugar, nos dejaban como recuerdo unas tarjetas en colores con la dirección de la Casa de la Misión en Buenos Aires y su propia dirección en los EE.UU. y la foto de un Templo que había sido construido en el estado de Utah, en la ciudad que fundaron y que se llamaba Salt Lake. Al dorso, estaban los 13 Artículos de Fe, que había escrito el Profeta José Smith a requerimiento de un periodista y representaba un resumen de las principales creencias de la Iglesia. Yo las coleccionaba y trataba de memorizar los Artículos de Fe.
El tema de mi primer discurso, fue tomado de la última parte del versículo de Gálatas 5:13: “…servios por amor los unos a los otros”. Yo era tímido y estaba muy nervioso, sin embargo recibí el apoyo de los hermanos: “Tú puedes, Huguito…”. Tenía 9 años. Un día me pidieron que aprendiera de memoria el versículo de Santiago 1:27: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo”, porque tenía que repetirla en casa de uno de los investigadores que estaban enseñando. Lo hice también con mucha vergüenza. En verdad, fue el primer versículo que aprendí y sin querer fui introduciéndome en las Escrituras y también a amarlas…
Los bancos de madera eran muy incómodos. Habían sido construidos por los misioneros y tenían el respaldo vertical, no inclinado.
Para presentar el Libro de Mormón, los misioneros estaban preparando una conferencia, cuyo tema principal era: “Conozca el Origen del Indio Americano”, dirigidos y supervisados por el Presidente Young, un experto en el tema.
Para entonces, ya empezaron a asistir también algunas hermanas, como mi madre (María), Matilde, Felisa y Delia Gaite, María Esther (Negra) y Elsa (Ñata) Pache, y Aniceta Castro (una vecina de los Taylor). Se empezaban a escuchar algunos vocablos extraños, como por ejemplo, “el domingo vamos al culto…”. Con el tiempo ese término cayó en desuso, por suerte.
A principios del año 1939, tuve una experiencia única. Los misioneros me llevaron a la localidad de Ensenada, cercana a La Plata, porque desde ese puerto, partiría un barco para llevar de regreso a su hogar al Presidente W. Ernest Young y familia. En ese tiempo no se usaban aviones comerciales y el barco era el medio de transporte para trasladarse al exterior.
Los Primeros Bautismos
El lugar para efectuar los bautismos se llamaba “boca cerrada”, porque era el final del camino al balneario de Punta Lara en el Río de la Plata. Allí terminaba el partido de La Plata y comenzaba el de Berazategui. Íbamos a ese lugar porque el bautismo “se debía hacer por inmersión para la remisión de los pecados” y además, era muy tranquilo.
El primer bautismo lo recibió el hermano Rodolfo Saltalamacchia, el 25 de mayo de 1938. Meses más tarde, el 29 de enero de 1939, se bautizaron mi hermano Rolf, las hermanas Gaite y las hermanas Pache. Todo un acontecimiento. Ese mismo día, pero en el local, recibieron “la confirmación como miembros de la Iglesia y se les confirió el Espíritu Santo”. Todas las ordenanzas eran realizadas por los “hermanos”, porque ellos “poseían la autoridad del sacerdocio”, y además todo era registrado. A cada hermano se le entregaba el certificado firmado. “La Casa de Dios es una Casa de Orden”, decía un cartel que colgaba del púlpito.
La Rama iba creciendo y la casa nos quedaba chica. Por tal motivo, en noviembre de 1939 nos mudamos a una más amplia, con terreno y frutales, en la calle 18 Nº 1529 (e) 63 y 64, a sólo 8 cuadras de la anterior.
En ese tiempo, había una gran tensión entre algunas naciones de Europa. Se comenzaban a escuchar los “rumores de guerra” que hablaban los profetas.4
El segundo grupo bautismal, se llevó a cabo el 10 de diciembre de 1939. Era una mañana nublada y fresca. Mi madre y yo nos bautizamos junto con Juan Carlos Párraga, Alejo Villarruel, y Aniceta Castro. Estuvo presente el Presidente Federico S. Williams, que recientemente había reemplazado al Presidente W. Ernest Young, como Presidente de la Misión Buenos Aires Argentina. En el bautismo de mi madre ofició el hermano Karl R. Fenn y en el mío, el hermano Jesse B. Smith. Fue un día inolvidable. Precisamente fue el hermano Fenn, luego de una Conferencia de Misión en el mes de octubre en la capilla de Liniers que nos desafió a mi madre y a mí a bautizarnos. Todavía no era el tiempo de mi padre… Recuerdo que ese día cantamos “Nos Veremos en el Río”, de la página 50:

Nos veremos en el río,
cuyas aguas cristalinas,
cuyas ondas argentinas,
llegan al trono de Dios.

CORO
Oh, si nos congregaremos
en las márgenes del río;
nuestras vidas renovadas
por la gracia del Señor.

En las márgenes del río,
presentémonos sentidos,
a vivir arrepentidos,
por la gracia del Señor.
El que baja en el río,
con Jesús tendrá morada,
no tendrá el mal entrada,
allí sólo reina Dios.

Antes de salir del río,
nuestra carga dejaremos,
libres todos estaremos,
por la sangre del Señor.

Algunas semanas más tarde, trasladaron al hermano Smith a la Oficina de la Misión, como secretario. Yo me enfermé de tristeza. Mi madre, muy preocupada, habló con los hermanos que quedaron y el Presidente Williams me invitó a pasar una semana en la Casa de la Misión (calle Manzoni 268, de la Capital Federal). Fui el mimado de la familia y el “compañero” del hermano Smith. Nunca olvidaré el amor que recibí del presidente y las atenciones de la mucama, una hermana alemana que se llamaba Greta y preparaba comidas y postres muy ricos. Regresé a casa recuperado y feliz. El hermano Smith era de Montana, Wyoming y nunca más tuve noticias de él, pero le estaré eternamente agradecido por su ternura y bondad.
Para ese tiempo, yo había terminado el 4to. grado de la escuela primaria, con la Srta. Martha, en la Escuela Leopoldo Herrera Nº 42, a cuatro cuadras de casa. Recuerdo que cursé el primer grado con la Srta. Zulema, el segundo con la Srta. Aurora y el tercero con la Srta. Biscayart. Le decíamos señoritas, aunque fueran casadas. Todos sabían que mi hermano y yo no éramos católicos, pero jamás fuimos discriminados. Por el contrario, siempre fuimos respetados.
Un joven de la localidad de Haedo, que trabajaba en Rentas y había sido llamado como misionero de tiempo parcial, llegó a la Rama. Vivía con los misioneros y se llamaba Samuel Boren. Resultó ser un joven excepcional y al poco tiempo fue llamado como el primer Presidente argentino de la Rama de La Plata. Era muy buen deportista y también tocaba el violín. Durante las reuniones del domingo, acompañaba los himnos con ese instrumento cuando no había pianista. Junto con otros misioneros, ayudó a formar a varias generaciones de líderes locales. Esa fue una gran bendición, ya que pocos años después y por motivo de la guerra mundial, comenzó a disminuir la llegada de misioneros de origen norteamericanos5.
En ese tiempo, los misioneros norteamericanos tenían un equipo estable de “basquetbol” y otro de “baseball” y competían con equipos de primera de diferentes clubes locales. Fue una manera de difundir el nombre de la Iglesia. Había jugadores sobresalientes y uno de ellos, Rolf Larson, fue autorizado para integrar el equipo de la selección nacional de basquetbol.
También se organizó una “banda de jazz” de misioneros norteamericanos que recorría las principales ciudades con el mismo fin. Eran tiempos difíciles para la obra proselitista. La Iglesia crecía muy lentamente, “como el roble de la bellota”, como había profetizado el Apóstol Melvin J. Ballard.
Conclusiones
Así transcurrieron los primeros diez años de mi vida. Criado en el seno de una familia honorable, de clase económica pobre pero muy emprendedora y con deseos de progresar y suficientemente abierta, como para permitir, en una época de tantos prejuicios, que la Verdad Restaurada nos fuese enseñada. Hacía sólo 12 años, que un apóstol del Señor, el Elder Melvin J. Ballard, había arribado a la ciudad de Buenos Aires con otros hermanos de los Setenta, para dedicar “las tierras sudamericanas a la predicación del Evangelio restaurado de Jesucristo”. Fue en el Parque Tres de Febrero, hoy Palermo, el 25 de diciembre de 1925. En ese tiempo presidía la Iglesia, Heber J. Grant y sus consejeros eran J. Reuben Clark (h) y David O. McKay, primero y segundo respectivamente.
En el tiempo de mi bautismo la Iglesia tenía aproximadamente 750.000 miembros, la mayoría residía en el oeste de los EE.UU. de Norteamérica, siete Templos y sólo dos misiones en Sudamérica: Buenos Aires, Argentina y Sao Paulo, Brasil, con aproximadamente
700 miembros en total. En el Gran Buenos Aires Sur, desde la Ciudad de Avellaneda hasta nuestra ciudad, sólo había dos Ramas: La Plata y Quilmes, a aproximadamente 40 Kilómetros de distancia una de la otra. Recuerdo con cariño a algunas familias de esa localidad, tales como los Oguey, Maillard, Biebesdorf y Riegler, de procedencia europea. Éramos un puñado de miembros.6
La aceptación del Evangelio en nuestra familia, fue un proceso natural. Mi hermano y yo no teníamos prejuicios religiosos, dado que mi padre se había opuesto a que fuésemos bautizados en la iglesia Católica cuando nacimos. Proceder insólito en ese tiempo.
Poco a poco comenzamos a estudiar las Escrituras y a participar activamente en llamamientos de la Iglesia. Siempre fuimos amados, respetados y reconocidos en nuestro servicio. Estaba naciendo y fortaleciéndose, un firme testimonio del Evangelio Restaurado de Jesucristo. Él comenzaba a ser mi Salvador y mi Redentor…

Referencias:
(1) En el año 1906, llegó a Buenos Aires, el famoso director de orquesta Arturo Toscanini. Lo acompañaban su esposa Carla y su hijo Giorgio. Vino contratado para dar conciertos en el famoso Teatro Colón. Durante su permanencia en el país, su hijo contrajo difteria, y a los pocos días falleció.
(2) Rodolfo Saltalamacchia, fue el primer miembro de la Iglesia en La Plata. Se bautizó el 25 de mayo de 1938 y había conocido la Iglesia en el primer local alquilado: calle 62 Nº 938 (e) 13 y 14. Era un entusiasta e inteligente joven de 17 años.
(3) Se respetaron la sintaxis y la ortografía originales.
(4) El fin de la paz mundial llegó el 1º de setiembre de 1939, cuando Alemana invadió Polonia. Dos días después, Gran Bretaña y Francia, declararon la guerra al III Reich alemán. Así comenzaba la Segunda Guerra mundial. EE.UU. de Norteamérica entró en la guerra el 7 de diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbour. El 7 de diciembre de 1945, tras la declaración de Yalta, llegó el final de la guerra. Se perdieron millones de almas. Comenzaba la guerra fría entre las naciones aliadas.
(5) Entre 1942 y 1945, se interrumpió la llegada de misioneros norteamericanos, por motivo de que EE.UU. de Norteamérica había ingresado en la guerra. Se comenzó a llamar a jóvenes argentinos para que sirvan misiones de tiempo completo. Durante los primeros meses del año 1942, había sólo tres misioneros extranjeros: Fletcher Memmot, Carl Call, de las colonias de mormones en Chihuahua, México y Carl Young ,“Carlitos”, el hijo menor del Presidente W. Ernest Young, que había regresado al país para reemplazar al Presidente Federico S. Williams. Fue una época difícil, pero, por otro lado, permitió el desarrollo del liderazgo local.
(6) Al mes de octubre de 2007, la población mundial de la Iglesia es de aproximadamente 13 millones de miembros, distribuidos en más de 113 países y territorios, 347 misiones, 124 Templos y 12 más bajo construcción o anunciados. En el área Sudamérica Sur hay 523.000 miembros y sólo en Argentina, 362.000. En el territorio del Gran Buenos Aires Sur, como se mencionó, había sólo dos Ramas en 1939, ahora existen 8 Estacas y 65 Barrios y Ramas con más de 26.000 miembros.

jueves, 20 de agosto de 2009

SIGUE RECUERDOS DE MI INFANCIA (TERCERA PARTE)

Usos y Costumbres
El mobiliario de la casa era muy modesto: Una cama de matrimonio, dos camas “turcas” con colchones de lana de oveja (cuando se apelmazaba, se llamaba al “colchonero” para que la pasara por la máquina para escardarla), un ropero con un espejo rectangular en la puerta, un reloj grande de pared, que daba campanadas cada hora y una palangana con su jarra de loza inglesa, sobre la cómoda.
Para cocinar, teníamos una de las cocinas llamadas “económicas”, de hierro fundido, con salida al exterior y que en su recorrido, también servía para calentar la habitación. Estaba todo el día encendida y se podía –según mi padre- “quemar de todo”, por eso eran económicas. Nos divertíamos abriendo con cuidado la puertita por donde se alimentaba el fuego y echábamos en las cenizas calientas batatas, que una vez asadas, comíamos con cucharita. En la mesa rectangular de la cocina siempre había un mantel de hule, donde además de comer, por la tarde hacíamos los deberes de la escuela y mi padre los cálculos para presupuestar sus trabajos en una libreta negra.
También existía el “brasero”, que construía mi abuelo Lucio, que era herrero de oficio y lo usábamos en los días de mucho frío, pero que teníamos la precaución de ventilar bien por “las emanaciones peligrosas del carbón de leña a medio encender”. Las brazas de carbón también las usaba mi madre para calentar la plancha de hierro, para alisar la ropa. Tampoco faltaba el calentador marca “Primus” a kerosene, para comidas rápidas. Con un pequeño émbolo se le daba presión para que el combustible subiera hacia el mechero, que frecuentemente teníamos que destapar con agujas especiales. Ah, me olvidaba, tampoco faltaba la “heladera a hielo”, que se alimentaba con ½ barra diaria que repartían a domicilio.
En las noches crudas de invierno, antes de acostarse, para calentar las camas se colocaban ladrillos calientes, envueltos en diarios. Una yema batida con azúcar y leche hirviendo, era una buena manera de calentarnos también por dentro. Mi madre, todas las noches, colocaba la “escupidera” debajo de la cama para orinar a la noche, porque la letrina quedaba muy lejos… El invierno castigaba mucho y por la mañana se formaban escarchas en los charcos de agua. A las personas mayores, pero especialmente a los chicos, le “salían sabañones”. Para bañarnos se usaba un “fuentón” grande que se llenaba con agua tibia. Una vez por semana, hiciera falta o no, había que bañarse…
Nos sentíamos protegidos por la calidez del hogar y el amor incondicional de nuestros padres. Cuando llegábamos a casa, de la escuela o de los juegos, mamá siempre estaba esperándonos. Me hubiera gustado que el tiempo se detuviera… pero como lo expresó tan bien el poeta Miguel Hernández:
“Desperté de ser niño,
nunca despiertes,
triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa,
pluma por pluma”.
La ropa que mi hermano y yo usábamos, era confeccionada íntegramente por mi madre, que según ella, “era pantalonera fina”. Tenía como un tesoro y cuidaba con mucho esmero, una máquina de coser “Singer” importada, que se manejaba a pedal. Ella nos contaba que había abandonado la escuela primaria, para trabajar en un taller de confección y le habían asignado hacer pantalones para algunas tiendas de la ciudad, allá por 1914. Era la mayor de 14 hermanos y por aquel entonces había una gran miseria. Comenzaba la Primera Guerra Mundial… En sus ratos libres, también tejía al crochet, con una sola aguja.
Los nacimientos y los velorios eran acontecimientos que sucedían en las casas. Yo mismo nací en la primera pieza que se construyó, asistido por mi abuela y una partera del barrio. El médico se llamaba únicamente cuando el parto se complicaba.
En el año 1932, llegó la electricidad al barrio, desplazando a los faroles a kerosene para iluminar. La radio eléctrica reemplazó a la de “galena” y fue una verdadera revolución. Las radios del Pueblo, Porteña y Stentor fueron las primeras estaciones. Los aparatos tenían válvulas, que había que cambiar seguido porque se “quemaban”.
Los radioteatros fueron uno de los entretenimientos más esperados de la tarde y las noticias llegaban al instante. Una de las más tristes por aquel entonces, se recibió un 24 de junio: la muerte trágica de Carlos Gardel, en un accidente de aviación en Medellín, Colombia (1936). Ese día vi llorar a mi madre. Yo apenas tenía siete años.
Recuerdo que ella recibía una novela en entregas semanales con un título muy particular: “Abandonada en su noche de bodas”. También teníamos una “victrola” que se accionaba con una manivela y se podían escuchar canciones grabadas en discos de pasta. Gardel, Charlo y Corsini, eran los más escuchados.
El teléfono llegó primeramente a algunos comercios de la zona. Consistía de una caja rectangular con un auricular (tubo) y una manivela al costado, que al accionar, aparecía la voz de una telefonista desde una “Central”, que era la encargada de comunicar con el número requerido. Este procedimiento permaneció varios años, aún después que se instalaron en los domicilios. La Compañía de teléfonos era inglesa lo mismo que el ferrocarril con máquinas a vapor, que comenzó a funcionar en la ciudad a principios de la década del 30 y conectaba con la Capital Federal. Por ese tiempo dejaron de funcionar los tranvías “tirados por caballos”, para dar paso a los eléctricos. Contaba mi padre, que los de tracción a sangre, eran muy peligrosos en las bajadas, ya que arrollaban a los caballos y después había que sacrificarlos. Durante muchos años, fue el principal medio de transporte. Cerca de casa pasaban dos líneas eléctricas; una de ellas recorría el diagonal 74 que llegaba al cementerio. La mayoría de las calles eran de tierra y cuando llovía mucho, los carros se encajaban en el barro. Por suerte, la calle 67, frente a casa, era pedregosa y se podía transitar mejor.
Era la época en que los vecinos, al atardecer, salían a sentarse a la vereda a tomar mate y conversar, mientras los hijos jugaban en algún terreno baldío cercano. Era normal que las casas, durante el día, permanecieran abiertas y sin llave. Rara vez se escuchaban relatos sobre atentados a la propiedad y a las personas. Eran otros tiempos…

Juegos y Entretenimientos
Los principales juegos de los chicos varones, eran el fútbol con pelota de trapo, el “chafe” policía) y el ladrón, las “bolitas”, el “deneiti” que consistía en cinco piedras de mármol pequeñas que se revoleaban y la “viyarda”, un palo de aproximadamente 50 cm. de largo y otro más pequeño rebajado en los extremos. Cuando éste se ponía en el suelo y se lo golpeaba en uno de los extremos, se elevaba y entonces era golpeado para tirarlo con fuerza hacia adelante.
El que lo tiraba más lejos, ganaba. Era muy divertido y se necesitaba fuerza y destreza. Yo rara vez ganaba, era mejor jugando “a la pelota”. También nos entreteníamos con el “trompo” y el “balero”, que eran juegos individuales. En los meses de vientos (agosto y setiembre), los barriletes adornaban el cielo. Había que ver la destreza de algunos chicos, muchas veces ayudados por sus papás, para armarlos. Se usaban medias cañas para el esqueleto y papel de seda para el cuerpo. Los más hermosos eran los llamados “cajones” y “estrellas”. Se competía entre las barriadas.
Las niñas, en cambio, jugaban a la mancha, en sus distintas variantes, a las escondidas, la rayuela y al “martín pescador”: “¿me dejará pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará…”-- decían.
Estábamos mucho tiempo al aire libre y la vida era muy sana.
Eran muy comunes las “calesitas”, tiradas por caballos, estacionadas en algún terreno baldío del vecindario, con una “pera” (sortija) que teníamos que sacar, para poder tener una vuelta extra gratis. Una o dos veces por año, también llegaban circos que acampaban en las plazas de la zona con animales, trapecistas y payasos. Todo el barrio se alborotaba. Era el tiempo del “manicero”, que andaba en bicicleta y con un brasero, cocinaba maníes que luego vendía en cucuruchos de papel.
La inauguración del cine Edén en la calle 12, fue todo un acontecimiento. Se pasaban películas argentinas de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, como “El día que me quieras” y “La ley que olvidaron”. Las de “cowboys” eran muy requeridas y también veíamos algunas mexicanas con María Felix y Jorge Negrete…Dos o tres veces por mes, íbamos al “biógrafo” con mamá, y después comprábamos helados “de agua”.
Con papá, en cambio, iba a la cancha a ver jugar a Estudiantes. Él era fanático pero moderado. Nunca le oí decir malas palabras. Siempre nos quedábamos cerca del alambrado, por seguridad, detrás del arco de la calle 55, frente a la Escuela Industrial “Albert Thomas”. Era la década del 40 y pude ver a jugadores de la talla de Arsenio Erico, Adolfo Pedernera, Angel Labruna, Angel Zosaya, “Nolo” Ferreyra, Guaita, Sarlanga, “Capote” Vicente De la Mata, Sastre, José Manuel Moreno “el Charro”, Masantonio, Reinaldo Martino… pero sobre todo al equipo de Estudiantes: Ogando, Rodríguez y Palma, Garcerón, Ongaro y Sande, Gagliardo, Negri, Laferrara, Cirico y Pellegrina. Siempre se anotaban muchos goles en los partidos porque se atacaba con cinco delanteros y se dejaba jugar.
Después del partido, regresábamos caminando y cuando llegábamos a la calle 12, comprábamos una pizza grande de “mozzarella” que llevábamos a casa. Era el tiempo en que papá era mi héroe. Al lado de él me sentía protegido y muy pero muy feliz.

Enfermedades y tratamientos
Cuando llegaban las enfermedades, el “boticario” y la “curandera” del barrio, eran consultados antes que al doctor de la familia. Había una lista interminable de “remedios caseros” e intervenciones “non sanctas” muy extrañas. La curación del “mal de ojo” y el “empacho” por la curandera, eran muy comunes. Yo mismo fui sometido a esas “terapias” algunas veces. La mayoría de los médicos de la época decían que “la tirada del cuerito”, tenía cierta base científica y la recomendaban. Los calambres y dolores musculares se aliviaban con la famosa “untura verde”, muy usada por los deportistas de la época, pero con un olor muy irritante. Cuando los chicos estaban inapetentes y raquíticos, había dos remedios que podían comprarse en la botica: “Ferroquina Bisleri” y el famoso “Aceite de hígado de bacalao”. Este último era muy resistido por su horrible sabor. A veces se escuchaba el refrán: “jorobarse y tomar quina, es la mejor medicina”. De vez en cuando, y para fortalecerme, mi madre me preparaba banana pisada con miel que acompañaba con nueces picadas. Preparado que comía con mucho gusto.
Otro remedio muy común era la “tintura de yodo”, que se usaba como tópico para las infecciones de la garganta. Mi madre había adquirido una técnica muy particular: Se envolvía el dedo índice con algodón, lo embebía en la tintura y lo pasaba por la garganta, “para sacar las placas” y desinfectar la zona. También se usaba para tratar heridas y pincelar la piel para detener “el avance del tétanos hacia el corazón”, repetía mi mamá. Cuando había fiebre, se hacían baños con agua templada y cuando se presentaba el “falso crup” se le hacía inhalar al niño vapor de agua.
Para combatir el estreñimiento, se recurría al “aceite de ricino”, y cuando éste no actuaba al “enema”. Era un recipiente enlozado con una salida en la base, donde se conectaba una pequeña manguera de goma que en el extremo tenía una cánula que se introducía en el ano. El recipiente se llenaba con una solución jabonosa tibia que entraba por gravedad en el interior de los intestinos. Era una ayuda muy eficaz para evacuar el vientre.
Cuando aparecían las “bronconeumonías” o neumonías, se recurría a las “ventosas”. Eran unos vasos de vidrio gruesos, a los que se le introducía un hisopo de algodón embebido en alcohol encendido, para producir vacío y aplicarlo rápidamente sobre la espalda del paciente. Era impresionante ver a la persona con 6 u 8 ventosas sobre su espalda, varios minutos. Las marcas en la piel lo acompañaban varias semanas.
Había muy pocas vacunas para prevenir enfermedades infecto contagiosas, tales como el sarampión, la escarlatina, la tos convulsa, la influenza o gripe, viruela y difteria.(1) Estas dos últimas eran
las más temidas. Para la época en que comencé la escuela primaria, aparecieron vacunas para prevenirlas; se inoculaban en el brazo, mediante unos pequeños cortes con el suero. A los pocos días ya “prendía” y esa cicatriz lo acompañaba a uno toda la vida.
Tampoco existían los antibióticos, y si bien Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1929, recién se empezó a aplicar en seres humanos en 1941. Por tal motivo enfermedades como la tuberculosis, sífilis y blenorragia eran muy graves y difíciles de curar. Estas últimas, eran contagiadas por transmisión sexual y el tratamiento era muy prolongado y penoso. El promedio de vida era bajo. Mi abuela paterna, Catalina Pagano, falleció de un simple carbunclo a los 42 años.

El Almacén
Hacia fines del año 1936, mis padres tomaron una decisión heroica y no exenta de riesgos: hipotecar la casa, abandonar el oficio de albañil, y comprar “a plazos”, con pagarés mensuales, el almacén del barrio que estaba en la esquina de las calles 67 y 22, cuyo dueño era el Sr. Evaristo Verdugo, un italiano muy respetado. “Se lo vendo a Uds., porque son muy trabajadores y responsables”, les dijo.
En enero de 1937 nos mudamos. Era una casa de dos plantas: arriba estaban los dos dormitorios, el escritorio, un vestíbulo y la terraza. En la planta baja se ubicaba el negocio en la esquina, la cocina y el lavadero, el baño, los depósitos, el bar, un patio techado y el galpón, donde apilábamos la leña, las bolsas de carbón y recipientes con diferentes contenidos.
Recuerdo que en el galpón, había ratas de todos los tamaños y una o dos veces por mes, venía el padre del Sr. Verdugo, un anciano que había estado en la guerra del ‘14, para combatirlas. Había creado una trampa tipo cajón con un sebo dentro, y una pequeña abertura de alambre por donde la rata se deslizaba cómodamente hacia el interior, pero no podía salir porque la abertura se achicaba y los alambres estaban de punta. Entonces abría una compuerta y la metía en una bolsa. Para matarla la sumergía en un tacho con agua o directamente la golpeaba contra el suelo. Yo lo observaba desde lejos, con asombro, horror y asco a la vez. Una vez me comentó que durante la guerra y por la escasez de alimentos, comían ratas. En el escaso terreno que quedaba había un pequeño gallinero. En verdad, era una casa amplia y cómoda para vivir.
No puedo dejar de mencionar a “Don Juan”, un personaje singular que mi padre había conocido cuando trabajaba en la construcción. Cierto día llegó al negocio borracho y convertido en linyera. Tendría alrededor de 60 años. Mi padre lo reconoció y le hizo lugar en el galpón, “para que no durmiera en la calle”. Era un hombre educado y respetuoso. A la mañana salía con su bolsa a juntar cartones y papeles que luego vendía. En casa tenía asegurado un plato caliente de comida y algún “vinito” a la noche. Yo tenía largas charlas con él y lo llegué a querer mucho. Él estaba pendiente de mí y me protegía. Por la noche, cuando se retiraba para descansar y “en copas”, comenzaba a dialogar con un ser que, según él “se le aparecía”.
Lloré mucho, cuando una madrugada nos despertamos con el galpón en llamas. Pensamos que había llegado el fin de Don Juan, pero no, había podido salir con algunas quemaduras, que meses después le ocasionaron la muerte. Nunca supimos el origen del incendio, pero mi padre supuso que una “colilla” mal apagada de su cigarrillo, había sido la causa. Para con mi padre tuvo una gratitud infinita y fue leal a la confianza que le dispensamos. Estoy agradecido por haberlo conocido y tratado en mi tierna infancia.
Al poco tiempo, y de acuerdo con sus habilidades y preferencias, mis padres se distribuyeron las principales responsabilidades del negocio: Mi madre atendía a los clientes y llevaba el control de las compras y la economía en general y mi padre se encargaba de preparar los pedidos que se recibían por teléfono y repartirlos a domicilio en un triciclo. Poco tiempo después, se compró un carro tirado por una yegua llamada “Lula”. También atendía el bar por la tarde y los fines de semana. Cuando llegaban los “parroquianos”, la mayoría de origen italiano, tomaban unas copas y jugaban a las barajas (el “tute”, truco, la escoba de quince y el “codillo”, eran los principales juegos). La grapa, caña, vermouth con
soda, anís, moscato y vinos tinto, blanco y clarete, eran las bebidas alcohólicas más requeridas. Cuando estaban “alegres” por efecto del alcohol y algo nostálgicos, cantaban las clásicas “canzonetas” de su país. El pequeño bar se llenaba de alegría…
El negocio prosperaba y poco a poco se amplió en sus ofertas, incorporando mercería, perfumería y librería. Se vendía casi todo al “menudeo”, es decir suelto. El azúcar, la yerba y las harinas, por ejemplo, llegaban en bolsas de arpillera de 40-50 kilogramos. El vino se compraba en “bordalezas” (toneles) de 200 litros que se “espichaban” para fraccionarlo. Lo
mismo ocurría con el aceite y el kerosene. En los primeros tiempos, comprábamos hielo para refrigerar una heladera grande. La compra de una heladera eléctrica fue todo un acontecimiento y se incrementaron sensiblemente las ventas.
La instalación de una “incubadora” para criar pollitos bebé fue otra iniciativa de mi padre. A los 3-4 meses teníamos pollos para nuestro consumo y también para vender en el negocio.
Recuerdo haber visto varias maneras de matar a las gallinas, pero veo a mi padre tomarlas de la cabeza, darle dos o tres vueltas en el aire y tirarlas al piso. Una vez muertas, las colocaba en un recipiente con agua hirviendo para quitarle las plumas. Cuando faltaba mi padre no se comía gallina en casa…
A los pocos años y con gran sacrificio, ya éramos dueños de la propiedad y el almacén. Una de las grandes preocupaciones de mis padres era la venta al “fiado” con la libreta, donde se anotaban las compras y a fin de mes se sumaba el importe. Algunos clientes se atrasaban en sus pagos y otros desaparecían. Eran verdaderos “clavos”, como se decía entonces. A pesar de todo, salíamos adelante.

martes, 4 de agosto de 2009

MUJERES DE LAS ESCRITURAS

“…Mujer, he ahí tu hijo…He ahí tu madre…” (Juan 19:26-27)


Estas fueron algunas de las últimas palabras que pronunció el Salvador en la agonía de la cruz, dirigidas “a su madre” y “al discípulo a quien él amaba”. “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. (Juan 19:27)

Por alguna razón, “junto a la cruz”, desafiando los peligros de la ocasión, había tres mujeres: “su madre, la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena” (Juan 19:25). Esta última, había de ser también, la primera testigo del Señor resucitado: “Mujer, ¿por qué lloras? –“Porque se han llevado a mi Señor…” (Juan 20:11-18).

Hay 188 referencias de mujeres protagonistas, por diversas razones, en los cuatro libros canónicos. La mayoría de ellas en el Antiguo Testamento (143), 41 en el Nuevo y el resto en las escrituras aparecidas en esta dispensación.

Es interesante también mencionar que la palabra mujer(es) se repite más de 400 veces y la misma cantidad para esposa. En cambio la palabra madre, se reitera 300 veces e hija, 200. También se mencionan otros parentescos como nuera (20), suegra (11), y abuela, sólo una vez.

Cabe señalarse, que Jesús, durante su ministerio, tuvo muy buena comunicación con las mujeres en una época en que eran relegadas y muchas veces despreciadas por los hombres. Las respetó y a veces las eligió para introducir su doctrina.

Hay cuatro de ellas, cuyos nombres no conocemos y que habría que agregar a las 188 ya mencionadas --son anónimas—y que por su ejemplo “y la grandeza de su fe” (Mateo 15:28), son dignas para representar a millones de mujeres de todas las épocas:

1. La mujer “que padecía flujo de sangre…y se le acercó desde atrás y tocó el borde de su manto”. –“¿Quién es el que me ha tocado?”, preguntó Jesús. Había una multitud que lo apretujaba y oprimía, sin embargo dijo: “alguien me ha tocado; porque yo he conocido (sentido) que ha salido poder de mí”, entonces la mujer se mostró “y como al instante había sido sanada”, Él le dijo “ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”. (Ver Mateo 9:20-22 y Lucas 8:43-48)

2. Uno de los diálogos más enriquecedores de las escrituras, fue el que sostuvo el Salvador con “la mujer samaritana”, al principio de su ministerio. “Le era necesario pasar por Samaria…”, para ello caminó muchos kilómetros y “cansado, se sentó junto al pozo de Jacob”, al medio día. Quedó solo porque “los discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer”. Llegó “una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: “Dame de beber.” Ahí comenzó la conversación. Él tenía que ganar su confianza, “ya que los judíos y samaritanos no se trataban entre sí” y hasta sus discípulos “se maravillaron de que hablara con una mujer”, ya que estaba prohibido en ese tiempo. Lo que Él deseaba era introducir Su evangelio: “el agua viva” como una “fuente de la salvación”, predicho por Isaías (12:3), ya que “el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”. “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ¿no será éste el Cristo? Y muchos de los samaritanos creyeron en él por la palabra de la mujer…” (Juan 4:1-42)

3. “La viuda pobre…” es otra de las mujeres ejemplares que tampoco conocemos su nombre. Sin embargo Jesús reparó en ella, porque echaba “en el arca de las ofrendas…dos blancas” y dijo: “En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobraba; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía.” (Lucas 21:1-4)

4. La “mujer cananea”, es la otra mujer anónima que deseo destacar. Ella clamaba misericordia por su hija “gravemente atormentada”. “Pero Jesús no le respondió palabra” y los discípulos tampoco. “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel,” le dijo finalmente. “¡Señor, socórreme!”, rogaba ella. “…no está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Inmediatamente llegó la respuesta firme pero respetuosa de la mujer, y sin duda inesperada para Jesús:

“Sí, Señor: pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

“Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe, hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora”. (Mateo 15:21-28)

*Timoteo, el discípulo dilecto de Pablo, poseía “la fe no fingida, la cual habitó primero, en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.” (2 Tim. 1:5)

*Marta, María y Lázaro, eran hermanos y Jesús los amaba. En ocasión de la muerte prematura de Lázaro, Jesús aprovechó para enseñar sobre la resurrección a las hermanas: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” (Juan cap. 11)

*En el Libro de Mormón, se habla poco de Saríah, la esposa de Lehi. Sin embargo, cuando sus hijos regresaron de Jerusalén, dijo: “Ahora sé con certeza que el Señor ha mandado a mi marido que huya al desierto…”

*En los albores de esta dispensación, deseo mencionar sólo a tres mujeres que jugaron un papel especial: Lucy, la madre del Profeta, Emma, “la Señora elegida”, esposa del Profeta José, primera presidenta de la Sociedad de Socorro y quien por mandato del Señor, seleccionó los primeros himnos y Eliza R. Show, poeta y creadora de numerosos himnos, entre ellos “Oh mi Padre”.

En la conclusión, deseo mencionar a las fieles hermanas que sirvieron con nosotros, como obreras y misioneras en el templo de Buenos Aires (1994-97), comparables a Ana de la antigüedad, “que servía de noche y de día con ayuno y oraciones”. (Lucas 2:37) Repito lo que decía el Presidente Heber J. Grant:

De no haber sido por la fe, el sacrificio y la laboriosidad de las primeras hermanas de la Iglesia, esta Obra hubiera fracasado.”

Creo firmemente “que la mujer no fue sacada de la cabeza del hombre, para ser superior, ni de sus pies, para ser pisoteada, sino de su costado para ser su igual y cerca de su corazón, para ser amada.”

Hasta la próxima.

domingo, 5 de julio de 2009

LA ARQUEOLOGÍA Y EL LIBRO DE MORMÓN

Durante nuestro llamamiento en el Centro de Capacitación Misional (2000-01) en la ciudad de Guatemala, tuvimos el privilegio de vivir en el corazón de Mesoamérica; término utilizado para identificar la floreciente cultura maya, en un vasto territorio conocido hoy como el sur y sudeste de México (península de Yucatán), Guatemala, El Salvador, Honduras, Belice y algunas zonas de Costa Rica y Nicaragua. Abarca el período llamado preclásico: 2500 AC a 1500 DC., y se estima que el 90% de los sitios arqueológicos existentes durante el período del Libro de Mormón, estuvieron en ese lugar. El resto se encuentran en Sudamérica, principalmente en Perú y Bolivia.Entre las ciudades más imponentes construidas en ese período, figuran Palenque (México), Tikal (Guatemala) y Caracol (Belice), emplazadas en medio de la selva y Copán (Honduras) entre las montañas.
Afortunadamente tuvimos oportunidad de visitar Tikal, con una extensión de 572 km2, el más grande de los 3.000 sitios arqueológicos mayas de Guatemala, que con el tiempo se constituyó en un centro de matemática, astronomía y arte, que les permitió concebir el Calendario de 365 días, comparable al gregoriano que usamos en la actualidad. Se encuentra dentro de un parque nacional en plena selva y se estima que tuvo 300.000 habitantes. Para caminar desde un grupo de edificios a otro, hay que atravesar bosques lluviosos, en compañía de monos aulladores, aves de toda clase y otros animales de la zona. Encontramos enormes templos, con frecuencia piramidales, con tallados de relieves sobre la piedra, que demuestra que poseían una gran destreza. Vimos también palacios, plazas abiertas, terrazas y canchas de deportes. Fue todo un desafío subir a las torres, de entre 45 y 70 metros de altura…
Recientemente fue descubierta otra ciudad oculta bajo la selva del período preclásico, que llamaron Ichcabal, al sudeste de la península de Yucatán, con tesoros desconocidos del esplendor de la civilización maya.
Cuando Jacob bendijo a sus hijos, reservó para José y sus descendientes la bendición más significativa: “Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro…Hasta el término de los collados eternos, serán sobre la cabeza de José.” (Génesis 49:22,26)
Los descendientes de José, Lehi e Ismael, vinieron al Nuevo Mundo, en cumplimiento de la profecía. Lehi salió de Jerusalén con su familia y al llegar al océano, construyeron un barco. En sus registros, no aclara dónde llegaron, pero sabemos que la llamaron “la tierra de Nefi”. No dice que encontraron otros pueblos, pero tampoco indica que no los hubiera. Podemos decir con autoridad, que en la actualidad, los descendientes de la tribu de José, especialmente de Efraín, están preparando todas las cosas para la Segunda Venida del Salvador.
Evidentemente se trataba de “las otras ovejas”, como enseñó el Señor. (Juan 10:16; 3 Nefi 15:21-24)
No es de extrañar entonces, que al dedicar el Templo de la ciudad de Guatemala, el 14 de diciembre de 1984, el Presidente Gordon B. Hinckley pronunciara estas palabras: “…nuestro corazón se hincha de gratitud porque te acuerdas de los hijos e hijas de Lehi, de las muchas generaciones de nuestros padres quienes sufrieron enormemente y vagaron por tan largo tiempo en la oscuridad, has escuchado sus lamentos y has visto sus lágrimas. Ahora se abrirán para ellos las puertas de la salvación y la Vida Eterna.”
La arqueología es una manera de hacer historia y de entender cómo vivieron los pueblos de la antigüedad que ya no existen. Su misión es recuperar los restos de materiales que han sido preservados, estudiarlos y relacionarlos entre sí.
El Libro de Mormón, que en año 1982 se le agregó el subtítulo: “Otro testamento de Jesucristo”, no es un libro de historia, ni de geografía, ni lo pretende ser, a pesar de que relata hechos históricos y habla de lugares geográficos específicos (Alma 22:27-34). Lo esencial fue trasmitir un mensaje espiritual: “Es un volumen de escritura sagrada semejante a la Biblia. Es una historia de la comunicación de Dios con los antiguos habitantes de las Américas y contiene la plenitud del evangelio eterno.” (Introducción) Estos registros sagrados –“palo de Judá” y “palo de José”-- se complementan y forman un testimonio unificado de que Jesús es el Cristo. (Ezequiel 37:15-19; 2 Nefi 3:12 y “Guía de Estudio”, pág. 114)
¿Dónde sucedieron los acontecimientos que relata el Libro de Mormón?
Una de las hipótesis que más se acerca al estudiar la geografía y la cultura del lugar, es Mesoamérica, especialmente Chiapas, el sur de México y Guatemala. El Istmo de Teotihuacán, sería “la estrecha lengua de tierra” (Éter 10:20) o “la angosta faja de terreno”. (Alma 22:27)
En los días del rey Mosíah, se les mandó que salieran de la tierra de Nefi y llegaron a Zarahemla. Allí encontraron a otro pueblo, los mulekitas, que también habían escapado de la destrucción de Jerusalén a mano de los babilonios, poco después de Lehi. Zarahemla estaba junto a un río grande, Sidón (Alma 22:27), que algunos arqueólogos mormones suponen que es el río Grijalba de México.
Muy cerca de la ciudad capital de Guatemala, se asienta Kaminal-juyú (las tierras altas). Allí se encontraron rastros de escrituras, de aproximadamente 600 AC. De acuerdo a estudios realizados, podría tratarse de las tierras de Nefi.
El malvado rey Noé tenía sacerdotes. Uno de ellos fue Alma, padre, que se convirtió por medio de Abinadí y posteriormente fue bautizado en “las aguas de Mormón”, que se supone es el actual Lago Atitlán. Geográficamente es una buena posibilidad.
Reitero, son solo hipótesis. No es doctrina, pero es un esfuerzo de profesionales que estudiaron prolijamente el terreno. Los mencionados, son sólo algunos ejemplos.Nunca necesité apoyarme en “evidencias externas”, para saber que el Libro de Mormón en verdad es “otro testamento de Jesucristo”. En sus páginas existen casi 4.000 referencias de Él y lo mencionan con más de 100 títulos diferentes. Sin embargo, siempre me interesaron los estudios serios realizados por personas idóneas.
Recomiendo dos vías infalibles para tener un testimonio del Libro:
1) “…si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros…” (Alma 32:27)
2) Recurrir al Señor, “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.” (Moroni 10:4-5)
Hasta la próxima!


Ref.: “Exploring the Lands of the Book of Mormon”, por Joseph L. Allen, Ph.D.

viernes, 26 de junio de 2009

REFLEXIONES AL LLEGAR A LOS 80

“En los ancianos está la ciencia, y en la larga edad la inteligencia.”
Job 12:12

A lo largo de nuestra vida pasamos por diversas etapas: niñez, adolescencia, juventud, madurez, senectud. Cada una de ellas tiene su encanto y merece ser vivida plenamente, aprovechando las oportunidades que nos deparan y, en lo posible, evitando lamentos o quejas cuando vamos creciendo y envejeciendo, ya que según Salomón, si bien es cierto que “la gloria de los jóvenes es su fuerza…la hermosura de los ancianos es su vejez.” (Proverbios 20:29)
En este mes de junio, voy a integrar el selecto grupo de los “mayores de 80 años”, que en nuestro país tiene 1.000.000 de “socios”, apenas un 2,7 % del total de la población, con una expectativa de vida de 77 años. Asimismo, si consideramos que en el planeta hay aproximadamente 5.900 millones y lo habitan sólo 100 millones entre esas edades (1,70%), es realmente un privilegio estar vivo.
Estoy convencido que llegar a la vejez con buena salud y bienestar físico, espiritual y mental, en gran medida está determinado por los hábitos y estilos de vida, si es que logramos zafar de enfermedades genéticas graves. En mi caso, obedecer el “código de salud del Señor”, llamado la Palabra de Sabiduría (Sección 89 de Doctrina y Convenios)), me ayudó especialmente y, además, pude comprobar el cumplimiento de sus promesas:
“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos;
“Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;
“Y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.
“Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará. Amén.”
(Versos 18 al 21)
Hoy, como nunca, estoy de acuerdo con el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009): “Cuando por los años, no puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa un bastón. Pero nunca te detengas.”

Además, cultivar la mente y desarrollar y afirmar el carácter, con los principios del Evangelio de Jesucristo como base, hacen la diferencia. “No malgastes los días de tu probación…” (2 Nefi 9:27)

En la escritura de Job ya mencionada, habla de “ciencia e inteligencia” de los ancianos; ¿será por eso que creen que conocen todas las respuestas, pero con desazón comprueban que nadie les pregunta nada?
El otro día, un vecino mayor que yo, me decía que a veces, cuando está sentado en la cama, no recuerda si se está levantando o se va a acostar, ¡pobre!
Lo que yo sí estoy comprobando con preocupación, es que mi lista telefónica de nombres que comienzan con “doctor”, está superando a la de mis amigos…
¡Cuidado! Hay algunos muy mayores que se han tomado en serio la profecía de Joel “vuestros ancianos soñarán sueños…” (2:28), y se la pasan reposando.

Una declaración (casi una súplica) de 3.500 años atrás, tiene plena vigencia hoy, y hay que prestarle la debida atención: “No me deseches en el tiempo de la vejez, cuando mi fuerza se acabe, no me desampares.” (Salmos 71:9)
¿Será por eso que el único mandamiento con promesa dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”? (Éxodo 20:12)
Tal vez en esta etapa, lo más difícil sea seguir adelante y mantenerse firme en nuestras metas, creencias y obligaciones, cuando surge algo inesperado a nuestras vidas que nos hace tambalear. “La grandeza de una persona –dijo el Elder Marvin J. Asthon—se mide por la manera en que ésta reacciona ante los sucesos que parecen ser totalmente injustos, desmedidos e inmerecidos. A veces tenemos la tendencia de dejarnos vencer por una situación, en lugar de sobrellevarla…” (Liahona, octubre de 1984,pág.18).
El ejemplo de Abraham es digno de ser tenido en cuenta: “Y no se debilitó su fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años)…” (Romanos 4:19)

Cuando era un adolescente, un gran maestro que tuve después de una clase en la Mutual, poniéndome su mano en mi hombro me dijo:
Hugo, cuando tú viniste al mundo, estabas llorando y sonreían los que estaban a tu alrededor; vive de tal manera, que cuando salgas de este mundo, los que te rodeen estén llorando, y tú puedas sonreír…”
Creo que hoy como ayer, debemos seguir el consejo de Pablo a Tito: “Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia. Y las ancianas asimismo sean reverentes en su porte, no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien.” (2:2-4)
Hace unos años atrás, al terminar una Charla, un joven se me acercó y me preguntó “cómo me gustaría que me recordaran.” No tuve respuesta, pero vino a mi mente lo que Jehová le dijo a Abraham: “…y serás sepultado en buena vejez.” (Génesis 15:15)

¡Hasta la próxima década!
Hugo N. Salvioli- Junio de 2009

miércoles, 10 de junio de 2009

SIGUE RECUERDOS DE MI INFANCIA (SEGUNDA PARTE)

La Ciudad
En el año 1926, mis padres se mudaron a la zona sur de la ciudad de La Plata (calle 67 Nº 1365 entre 21 y 22). Mi hermano ya había nacido (9 de octubre de l924). La ciudad tenía 44 años de vida y había sido fundada por el Dr. Dardo Rocha (1838-1921-jurisconsulto, legislador y escritor) el 19 de noviembre de 1882. Nació para ser la capital de la Provincia de Buenos Aires y había sido proyectada en el plano, antes de comenzar cualquier edificación; por eso los habitantes e jactaban que era única entre las ciudades del orbe y conocida también como la ciudad de los diagonales”. Tiene particularidades únicas, como cuando se cruzan dos avenidas y se origina una plaza, por ejemplo. La principal y el centro geográfico es la plaza Moreno, que abarca seis manzanas y la limitan las calles 12, 14, 50 y 54; nunca supe con certeza por qué no existe la calle 52 en su trazado. Sobre la acera de la calle 14, se levanta la Catedral, una obra monumental que abarca una manzana y está considerada entre las principales catedrales de América. Mi padre nos contaba que había sido peón en esa obra, cuando se preparaban para festejar el centenario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Tenía sólo 13 años. Enfrentándola, sobre la calle 12, se construyó el hermoso edificio de la Municipalidad.


También es muy famoso y reconocido mundialmente, el Museo de Historia Natural, sede de la Facultad de Ciencias Naturales, enclavado en medio del Bosque de la ciudad, cerca del Zoológico y de otras facultades que conforman la Universidad de La Plata, fundada por Joaquín V. González en el año 1905. En su larga historia, tuvo célebres rectores y decanos, como el Dr. Alfredo L. Palacios (1880- 1965), primer diputado socialista del país y al que tuve el honor de conocer en el año 1943, cuando era Decano de la Facultad de Derecho y disertó en los jardines del Rectorado de la Avda. 7 entre 48 y 49. Por aquél entonces yo era un estudiante de primer año en el Colegio nacional, que pertenecía a la Universidad. Uno de los habitantes ilustres de la ciudad, fue Florentino Ameghino (1854-1911), paleontólogo y geólogo argentino y Director del Museo. Lo menciono porque mi madre me dijo que lo conoció, ya anciano, cuando él tenía una librería en la ciudad.

Mi Casa
Comenzaré describiendo nuestra casa, que como casi todas las del barrio, eran “de material”, es decir, de ladrillos asentados en argamasa de barro, y pasto seco y revocadas con arena y cal. Construida íntegramente por mi padre los fines de semana, y en verano, cuando los días eran más largos, también luego de la jornada de trabajo. Mi madre le servía de peón. Fueron días de gran sacrificio, pero felices porque tenían un proyecto que alcanzar. Comenzó con una pieza, la cocina y la letrina, que se construía bien alejada de la casa y conectada a una cámara séptica y a un pozo ciego. El agua se obtenía mediante una bomba que se accionaba manualmente con gran esfuerzo. El peligro de contaminación de los pozos ciegos con la napa de agua, era una de las preocupaciones de aquellos días. La fiebre tifoidea era una enfermedad grave siempre al asecho.


Una de las características de la construcción de entonces, era que una de las habitaciones tenía un sótano, para almacenar lo que se producía en verano: vino, salsas de tomate, escabeches, ajíes en vinagre, orejones, dulces, mermeladas, etc. Todo producido en la quinta donde además de verduras, se plantaban árboles frutales, como higueras, durazneros, ciruelos y cítricos. Casi todo lo que se consumía, se cosechaba y elaboraba en familia. Algunas de ellas, también carneaban cerdos para preparar jamones y embutidos de toda clase, que se estacionaban en un lugar fresco y seco. Era una costumbre de los países europeos, que nuestros abuelos inmigrantes italianos, transmitían a sus hijos.


Casi todas las familias criaban sus gallinas y pollos, en el famoso “gallinero”, que se construía en el fondo, lindando con la quinta. Allí iban a parar parte de los desechos orgánicos, el resto servía para abonar la tierra. La mayoría de los desperdicios eran biodegradables. Nunca faltaban los huevos frescos. También era común que se construyera el “horno de barro” para cocinar el pan casero una vez por semana. Las familias se auto abastecían con verduras y frutas frescas y siempre tenían reservas de alimentos. En el amplio terreno, teníamos una pareja de “teru-teru”, que nos avisaban cuando merodeaban animales con malas intensiones…


Las comidas más comunes eran el “puchero” de gallina con todos los ingredientes y la sopa correspondiente (“olla con gallina, la mejor medicina”), las pastas caseras (fideos, ravioles, ñoquis), polenta con tuco y a veces con pajaritos, tortilla a la española, guisos, mayonesas caseras con papas y pollo, carne al horno con papas, buñuelos de espinaca y milanesas con “chuño”, mi plato favorito. Como postres se servían flanes, cremas, frutas y el budín de pan con pasas de uva y nueces, cuando sobraba pan viejo. Nada se tiraba. Para la merienda, siempre había pan con manteca caseros, tortas fritas – cuando llovía- y de vez en cuando “pastelitos” de hojaldre con dulce de membrillo. Lo acompañábamos con leche caliente y una barra de chocolate, que llamábamos “submarino”. ¡Un verdadero manjar!


La leche la repartían “suelta”, diariamente en carro tirado por caballo, casa por casa, y en medidas de 1 litro. Dos veces por mes, pasaba un paisano con una vaca y su ternero, ordeñando en la calle. Los vecinos salían con sus recipientes para llenar. No olvidaré jamás la crema que sobrenadaba. Mi madre la aprovechaba para hacer manteca.